
La autocompasión es un pozo sin fondo y viscoso. Una vez que caes en él, tiendes a hundirte cada vez más. Es un camino a la depresión, y la oscuridad es profunda. Esta es una instantánea de mi proceso de duelo.

En mi propia experiencia en el abismo, al mirar hacia arriba, pude ver la luz de Su presencia brillando. Ahora entiendo que brillaba sobre mí. Pero desde mi perspectiva distorsionada, vi que no le importaba en absoluto.

El Señor me tendió la mano a través de la ternura de mi exmarido. Y emergí del abismo de la desesperación. El Señor me limpió con ternura, limpiándome del lodo que se me pegaba. El salmista describe mi experiencia con maestría.
“Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, Y confiarán en Jehová.” (SALMOS 40:2-3 ).

Entonces estoy equipada y bien armada para convocar a mi alma:
“¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.” (SALMOS 42:5 ).
Porque sé esto:
“Se complace Jehová en los que le temen, Y en los que esperan en su misericordia.” (SALMOS 147:11 ).
¡Esta es mi historia! ¿Cuál es la tuya?

Cada pozo de la desesperación es tan único y parecido. Por muchos años estuve en el pozo, perdí a mi padre Nicodemo, mi amigo y consejero, mi guarda, mi refugio, el cocinero y quien mejor daba abrazos, mi maestro de agricultura. Tras su pérdida perdí mis cumpleaños y toda celebración era una burla a mi dolor y vacío. A mi alrededor todos fueron crueles pues se podían reír y yo no. En lo más profundo de mi mente podía escuchar a papito diciéndome sonríe y vive pues la muerte es solo un viaje. Ni siquiera quería viajar pues no lo encontraría. La primera vez que viaje dejé su anillo en la casa pues no le gustaban a él los aviones. Hoy se que que mi dolor es que no se si fue salvo. Fue católico de ocasión pero el hombre más dulce y humilde. Amante de ayudar y cuidar al prójimo y siempre con temor de Dios. Todos estos años ha sido Jehová guardándome y Jesús intercediendo. Su luz siempre estuvo aunque mis ojos estaban cerrados. Su amor me hizo volver a sonreír y vivir.
Hna Izaida Villalobos